¿No será que en el PAN se armó un teatrito para que el candidato sea otro que aparezca como el superhéroe de la unidad?


En su infinita productividad tragicómica, la política engendra a su paso neologismos de índole diversa que pueden ir, en infinitas gradaciones, desde lo genial hasta lo grotesco (normalmente más bien lo segundo, si somos exactos). Algunos simplemente son fruto de las circunstancias y se usan mientras las circunstancias mismas los hagan valer, hasta que se desgastan en el más anodino aburrimiento.
Lo digo porque hoy me asaltan dos sospechosismos. Y sospechosismo es, como sabemos, algo distinto de sospecha. La sospecha tiene un fundamento indudable, aunque sea equívoco. Una conjetura puede ser el sustento de una sospecha. En cambio un sospechosismo ocurre sin causa aparente, es una especie de inspiración maliciosa, basada sólo en el olfato, en la proyección futurista de intuiciones inverosímiles.
El primer sospechosismo se me viene a la imaginación a partir del eficiente y rápido reconocimiento de la Secretaría de Gobernación de que las explosiones de Pemex fueron un ataque, y peor aún, un ataque del EPR. Casi nos dicen el nombre y apellido de quien puso la bomba y de quien apretó el botón (porque supongo que se detonan con un botón o algo parecido), o de quien le puso hora al reloj fatal.
El sospechosismo se da en varios niveles, lo que lo hace ser un muy rico sospechosismo. Primero, ¿cómo lo supieron tan rápido? Y si el saberlo se debe a las labores de la abusivamente llamada “inteligencia”, ¿no pudieron saberlo un poco más rápido aún como para haberlo evitado? Pero eso no es todo, sucede que además nos salen con que el Cisen no funciona y que lo van a desarticular y quién sabe cuántas otras cosas. Si los señores del Cisen supieron que fue el EPR no se merecen que los desaparezcan así, como si hubieran perdido la Copa América. A menos que los desaparezcan porque dijeron eso pero todos los demás supieron que era otra cosa y que se lo habían inventado o algo así.
Porque al mismo tiempo se dice que no es posible todavía determinar qué provocó la explosión, porque no se ha podido analizar de cerca el área explotada. Entonces ¿cómo supieron que fue el EPR?
O bien lo único que saben es el contenido del correo electrónico que todos vimos, y entonces los del Cisen, que no habían hecho nada, dijeron rápido sí, fueron ellos, poniendo cara de bobos, y por eso los andan corriendo, porque no tenían la más remota idea y todos sabemos que el EPR es un fantasma para asustar a los ingenuos.
O de otra forma tendríamos un terrorismo o una guerrilla de lo más civilizado, que evita las víctimas civiles y escoge objetivos donde no haya riesgo de que salga dañado ningún inocente.
Y a esta altura no puede uno dejar de preguntarse: ¿a quién le conviene que México parezca, ahora sí, una especie de Colombia de fantasía, con narcos a carretadas y, para colmo, guerrillas?
El sospechosismo en todo esto se desprende de la falta de coherencia, de lógica y de verosimilitud del asunto. Podría ser increíble, pero verosímil. Pero no, la estupidez de la explicación es creíble, pero las circunstancias de la narración, absolutamente inverosímiles.
Por todo eso no puedo dejar de pensar que se trata de distraer del hecho verdaderamente explosivo: la existencia del famosérrimo chino probablemente ligado, no sólo al narco, sino a la campaña presidencial de 2006.
López Obrador lo dijo muy bien: Lozano debe haber ido a Estados Unidos para negociar el silencio del chino. Pero ¿qué podría decirle? Ahí está el problema. Ni modo de susurrarle al oído: “ai te paso una lana”. No se le puede decir eso a quien tiene casas rellenas de billetes de cien dólares. ¿Qué se le podría ofrecer, dado el caso, a alguien como el chino, sin usar como referencia las lecciones de El Padrino?
Si a eso agregamos que los funcionarios responsables se hacen bolas para explicar dónde tienen guardadas las carretadas de dinero, que con suerte le regresarán íntegras al chino, con intereses y todo, el cuadro se completa con una estética kitsch que raya en lo barroco.
Lo que tampoco acaba de cuadrarme es lo de la candidatura del PAN en Michoacán. Eso de que primero se van a ir a elecciones, luego que siempre no, que van a lograr una candidatura de unidad, más tarde Beny declarando que de ninguna manera, que la única unidad posible es la que lo pone a él al frente, luego la proclama casi guerrillera de que no va a renunciar, sólo para renunciar a los cinco minutos con cara de catástrofe. Todo en el marco del descontento general del panismo, cuyos militantes dijeron en pasillos que no aceptarían la imposición, en el contexto de un López Orduña envalentonado que decía que el berrinche no iba a durarles más de tres días.
Pero ya duró más de tres días. Y cada vez se ve, desde fuera, un partido más, por decir así, descascarado. De pronto da señales de rebelión, como las declaraciones de Marko Cortés el martes pasado. Y luego invierte los signos, y parece que siempre no.
Mi sospechosismo es el siguiente: ¿no será que se está creando el clima para un tercero en discordia? No lo digo de cierto, lo digo como vil sospechosismo. Que tal que todo ha sido un numerito para que sea otro el verdadero. En el gran homenaje que el panismo hace hoy de las prácticas priístas de ayer, eso sería de una coherencia paradigmática.
Así, puede ser que el verdadero amigo sea otro, por venir, con el logotipo de la unidad en el pecho, como superhéroe de la reconciliación entre hermanos azules.
¿Inverosímil? No más que lo del EPR. ¿Y quién podría ser, dado el caso? No lo sé. ¿Sonaría, tal vez, Elvira Quezada? Cumple al menos el requisito de ser amigo del presidente.
Quizá no lo hemos visto todo, quizá todavía tenemos sorpresas por descubrir.
¿Quién podría garantizar una contienda de unidad entre el PRI y el PAN? Quizás no todo está escrito. Quizás el Beny tendrá ocasión de desquitar su agravio, quizás, incluso, estará ya trabajando en ello. ¿Alguien, por casualidad, ha visto por aquí a Quezada